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El escritor chino naturalizado francés Gao Xingjian (Ganzhou, China, 1940), Premio Nobel de Literatura y Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, lleva consigo siempre un cuaderno, no demasiado grueso, donde dibuja y escribe diversas ideas, en el cual ha escrito su novela La montaña del alma (2001), donde revela la capacidad de la literatura para cuestionar la condición humana y la historia vista por el poder.
«Casi siempre que escribo —dice Xingjian— grabo el texto en un magnetófono y luego lo escucho a oscuras para escucharme a mí mismo, o, tal vez, a la voz que me guía al momento de escribir. Me aterra pensar que mis textos no tengan música, busco los efectos que nacen y se crean en la sonoridad del lenguaje, de la repetición de ciertas palabras y su sentido literal. Creo que mis libros pueden leerse en voz alta para encontrar su sonoridad lingüística».
— Los fragmentos escritos en su libreta nacen de su recuerdo constante por su país de origen, con la certeza de que su voz tendrá un rechazo total en China. ¿Cómo es su relación con sus compatriotas después del Nobel?
— Mi relación con China sigue siendo muy profunda. En consecuencia, mi exilio fue un dolor nostálgico y terrible. Al principio todo me fue imposible: la comida no me gustaba nada y, como en todo, la adaptación a un país tan distinto al mío me fue en verdad difícil. Es espantosa la soledad. Sólo sé cuánto soñé con el país, con los arrozales verdes. Los canales, los niños sobre los búfalos… y otras cosas que son todavía parte de mi vida.
— Usted fue reeducado durante la Revolución Cultural y, al mismo tiempo, fue víctima de la censura, ¿por qué ese acto de rechazo?
— Comencé a escribir obras de teatro que espantaban a las autoridades de mi país no por su contenido, sino por su forma literaria. En China, en los años ochenta, toda forma literaria que se alejara de la narración clásica era considerada como invitación al liberalismo occidental, y salvajemente reprimida. Vivir bajo la dictadura es muy triste, pues sientes que tu libertad, no sólo como artista sino como hombre, está cortada. Crees que lo que haces no tiene sentido, pues las limitaciones son grandes, y tienes que hacer, decir y crear lo que te manda el gobierno. Por eso salí de China.
— Al salir de China dejó atrás toda una tradición cultural, política y social, ¿fue complicado adaptarse y cambiar de lengua?
— Mucho, y difícil. Piensa en la diferente musicalidad del chino y del francés: estructurada, larga, de frases encadenadas, que es el francés, y el chino, donde cada sonido tiene diferentes tonos. En un principio tardaba diez o quince veces más tiempo en escribir en francés que en chino. Tengo ahora la capacidad de escribir en varios idiomas, pero nunca dejaría el mío. Necesito encontrar mi propia tonalidad, escuchar lo que escribo como si escuchara música. Por desgracia, la lengua que utilizo es muy grosera, así que quizás un día deba olvidarla.
— ¿Qué problemas encontró en Francia para que editaran a un autor chino y, como usted mismo dice, desconocido en occidente?
— Muchas e interminables. Aunque todo cambió, porque el Nobel te consagra no sólo como escritor sino también como hombre de mundo. En 1989, después de Tiananmén, decidí terminar La montaña del alma, en la que llevaba siete años enredado. El manuscrito superaba las 600 páginas y los editores me decían que era imposible, que saldría muy caro y que desde luego nadie lo compraría. Querían que cortara al menos en 200 páginas. Desde luego, no acepté. Yo había huido de China para encontrar la libertad, para huir de la censura, y ni loco iba a aceptar la ley del mercado editorial europeo. Así que continué escribiendo para mí. Como sé pintar, me mantuve vendiendo mis cuadros hasta que en 1995 una editorial pequeña se arriesgó conmigo. Es la editorial española Ediciones del Bronce, que no es muy famosa, pero estoy orgulloso y agradecido con ella.
— La montaña del alma es una fotografía de China, desde su historia más ancestral hasta la de nuestros días, ¿cómo estructuró el texto para reconstruir la historia de su país?
— Dentro de la novela no hay ninguna estructura, simplemente es una novela, y no la historia de China. No obstante, en el idioma arcaico chino el término novela se refiere a lo que no tiene importancia o tiene una cierta importancia; es decir, a lo que existe lejos del poder. Una novela complementa todos los géneros escritos: poesía, ensayo, leyenda, crónica de viaje, etcétera.
— ¿Cómo define entonces el género de la novela?
— La novela es un juego del espíritu, como lo es la filosofía. Es el mundo de la libertad, en el que todo es posible, un universo que funciona sin ninguna relación con la moral o la educación. Tal vez la relación que existe entre filosofía-novela sea la sensibilidad, ya que hay muchos códigos similares. Las únicas limitaciones que tiene la novela son las que se autoimpone el novelista; y cuando este sistema creado por el autor se desvanece, aparece lo maravilloso de la existencia, que es la vida misma.
— Antes de comenzar la entrevista me decía que la belleza que lo rodea es sorprendente, y al leer la novela el lector descubre su pasión por la naturaleza y el juego sexual, ¿qué otras cosas podemos descubrir en su literatura?
— Desde luego, las que el lector quiera encontrar. La literatura toca algo esencial, lo otro lo encuentra el lector. La gran misión del escritor es tocar lo real, aproximarse a él tanto como pueda ser posible (aunque creo que todo es posible), hacerlo surgir en las páginas que uno escribe. Creo que para que eso ocurra, hay que trabajar el lenguaje de manera que éste sea capaz de hacer sentir lo que él mismo ha sentido.
— Milan Kundera en su libro El arte de la novela considera a este género literario como una corriente que cuestiona, que inventa la suspensión del poder, ¿estaría de acuerdo?
— No del todo, aunque en esto momentos no me interesa discutirlo. La novela es un cuestionamiento de la condición humana, y de la historia contada por el poder. En mi novela hay una búsqueda de una cultura no contaminada por el poder; pero, ¿cuál es esa cultura? Es la que uno considera que está bien. Por ejemplo, en mis narraciones le doy mucha importancia a la tradición oral, a la narración. Lo más importante no es la ficción sino la narración, de la misma manera que evito la descripción y busco la evocación.
— Pero si hay que evocar y nombrar, ¿por qué sus personajes no tienen identidad?
— No son personajes, ni objetos, son personas comunes. Lo importante es que el lector los descubra a través de lo que hacen o sienten, no por lo que son o cómo se llaman. En mis textos no hay definiciones o afirmaciones concretas sobre los personajes. Respecto a las distintas personas que asumen el relato, todo parte de esa búsqueda de los orígenes.
— En la búsqueda de sus orígenes, la pintura tiene un papel clave en su vida creativa, ¿cree que ambos le ayudan parar lograr su fortaleza espiritual?
— No entiendo mucho lo de «fortaleza espiritual», pero si con ello intentas decir que se complementan, pues sí. En mi vida son una unidad inseparable. Cuando no vivía de la literatura, lo hice de la pintura y ahora viceversa. En estos momentos estoy ultimando una exposición de mis obras que se celebrará en el Palais des Papes de Avignon el verano próximo. Y si no hay cambios, luego los cuadros irán a España, al Museo Reina Sofía, en enero de 2002.
— ¿Cree tener una mayor responsabilidad con su país en estos momentos de reconocimiento mundial por su trabajo literario?
— Tengo una obligación con mi país desde siempre. Yo salí de China por la censura, pero jamás me he olvidado de mi pueblo. Mi madre pertenecía a una familia adinerada, fue educada en la escuela cristiana y adoraba las letras occidentales. Todavía recuerdo cuando me llevaba con ella al escenario y me hacía recitar. Mi padre, como muchos intelectuales, confiaba en la revolución, pero el nuevo régimen se volvió una pesadilla. Como millones de chinos, crecí sumergido en la propaganda, aunque sentía que tenía que haber en cualquier otro lugar una manera diferente de vivir, de pensar.
