
Llegó la hora de hablar de nosotras. Y la verdad es que ya nos habíamos tardado. La tendencia, que abarca tanto al cine como a las series, ha ido virando cada vez más hacia las historias contadas, protagonizadas y escritas por mujeres. En streaming resaltan producciones como La maravillosa Sra. Maisel, Fleabag, The orange is the new black y El cuento de la criada, por nombrar algunas. En el cine, los superhéroes musculosos se vieron suplantados por la poderosa Capitana Marvel y el trío explosivo conformado por Olivia Colman, Emma Watson y Rachael Weisz que, además de cosechar premios, han logrado posicionar a La favorita como una de las películas del año.
En México, nuestra propia dupla Aparicio-de Tavira nos hizo estremecer a muchas con la frase: “No importa lo que te digan, siempre estamos solas”. Un escalofrío que resuena en la sororidad de la que algunas vamos recién aprendiendo, de volver a mirarnos como aliadas y no como las enemigas que nos han querido hacer creer que éramos (sí, incluso desde la pantalla). Este domingo se estrenará el último capítulo de la segunda temporada de Big Little Lies, que nos hace más que reafirmar nuestra sospecha: llegó la hora de hablar de nosotras; de escribir, de dirigir y de actuar.
Algunos dicen que el arte es el reflejo de la realidad, otros, aseguran que el arte, en lugar de reproducir el mundo real, lo crea. Como nunca he sido fan de los binomios, también vale la pena pensar que hay otras opciones que tienen que ver con la retroalimentación continua entre la ficción, el mundo real y nuestra capacidad de imaginación. Así como los temas de agenda globales se inmiscuyen en las películas del momento, también las nuevas ficciones nos proponen imaginar cosas distintas partiendo de las diferentes formas de representatividad que van apareciendo.
Los papeles de las mujeres ya no se limitan a la belleza, la cocina y las princesas, las niñas que hoy están frente al televisor pueden soñar con ser abogadas, científicas y jugadoras de fútbol. Las adultas que hoy estamos frente al televisor nos encontramos con mujeres parecidas a nosotras; reales, complejas, con dudas y deseos; con cuestionamientos, triunfos y dificultades.
La segunda temporada de Big Little Lies es una ola de verdad que amenaza con golpearnos. Y aunque no llegue a tener el impacto de la primera, aún resulta atrapante ver a estas mujeres enormes, deseantes, exasperantes también, que sonríen amablemente mientras se pudren por dentro. La culpa como ácido corrosivo que se va apoderando de todo y las deja cada vez más acorraladas frente a sus propios fantasmas, mientras repiten que “todo va a estar bien”. Una ficción que no hubiera sido la misma antes del #MeToo.
Una serie que se retroalimenta de la realidad y que, a veces, sirve como reflejo de aquello que preferimos no ver. Una serie que nos engañó presentándose como una producción (más) sobre mujeres superficiales con mucho dinero y más tiempo libre, y terminó desgarrándonos un poquito a todos. Una clase magistral de actuación dividida en siete capítulos. Una demostración de unión entre mujeres y, a su vez, una historia de cómo la violencia machista deja marcas imborrables, profundas y complejas. En definitiva, Big Little Lies habla más de las verdades que de las mentiras y es una demostración viva de que todos estamos un poco rotos, pero a algunos se les ven más las costuras.
