
A inicios de 2019 el primer actor Ignacio López Tarso cumplió 94 años. Para dicha edad, se ve ágil, enérgico y muy sonriente. Aunque confesó que en ocasiones no entiende claramente lo que le dicen y tiene que andar preguntando; y que no tiene la misma energía que hace 30 años, pero se siente contento de pisar nuevamente el escenario, pues declaró firme y alegremente, lo único que lo va a retirar “será la vida”.
“Nunca me voy a retirar; llegará un momento en el que ya no pueda más y en el que tenga fin como actor y como persona… el telón final tendrá que cerrarse alguna vez, pero no sé cuando… Me da un gran placer estar en el escenario, mi carrera ha sido muy interesante y bonita; he hecho los grandes clásicos y a los personajes de Shakespeare, los griegos, a Molière… he hecho lo que había pensado y soñado”, señaló entusiasmado durante la presentación de Una vida en el teatro, puesta en escena que protagoniza junto a su hijo, Juan Ignacio Aranda.
La obra, del dramaturgo estadounidense David Mamet, y dirigida por Salvador Garcini, relata la relación que Roberto (Tarso), un actor consagrado, y Juan (Aranda), un novato, entablan a lo largo de años y funciones; misma que ocurre, en primer lugar, porque el histrión maduro decide compartir su camerino con el joven, a quien ve como un diamante en bruto.
“Con esta obra se cumple mi deseo: actuar a solas con mi hijo. Necesitaba una puesta de esta naturaleza desde hace muchos años, debido a la cercanía que tengo con él. Tenía muchísimas ganas de hacer una obra únicamente con él, porque ya hemos trabajado en nueve, y Una vida en el teatro es perfecta; el productor, Daniel Gómez Casanova, la descubrió, me la dio, y gracias a él voy a tener el placer de representarla. Quiero llevarla a toda la república, como a Tijuana y Guadalajara, porque ahí siempre lleno”, detalló en entrevista con La Razón, don Ignacio.
De su preparación para el montaje, que estrena este viernes en el Teatro San Jerónimo Independencia, expresó que ha trabajado arduamente junto a su hijo durante nueve meses, ya que cada uno interpreta a cinco personajes diferentes, pues dentro de ella se representan fragmentos de La tempestad, El rey Lear, Hamlet y La vida es sueño.
“Conozco muy bien a mi hijo; hemos estado repasando el texto y los días en que no hemos podido ensayar por compromisos de teatro, repasamos en casa, discutimos y lo analizamos”, añadió.
Además, aseguró que todos los días se reinventa a sí mismo, especialmente cuando llega al camerino; “ésta es una parte muy importante para el actor, ahí se realiza esa reconstrucción diaria fundamental en su vida; no son recomendables las visitas antes de la función, eso rompe el momento íntimo del histrión para reconstruir el personaje del que vives, y cuando se abre el camerino para salir a escena, el personaje sube al escenario nuevo, como si fuera el estreno. Y eso es una de las partes más interesantes de esta profesión”.
Ésta es una de las razones por la cual está feliz de que su hijo siguiera sus pasos en la profesión histriónica, lo que, reiteró, nunca buscó influir, dijo.
“Todavía me acuerdo de la primera vez que Juan Ignacio pisó un teatro: fue cuando yo estaba haciendo Cyrano de Bergerac, la historia de un magnífico espadachín narigón, enamorado de su prima.Para interpretarlo me hicieron una nariz de hule y un día estaba en el camerino del Teatro Hidalgo y ahí estaba él, de dos años, viéndome con asombro; ése fue el día en que incursionó.
“Y la primera vez que lo vi actuar fue cuando estaba en la escuela, no me acuerdo qué era, pero lo hizo bien, y desde entonces progresó a lo que ahora es: un actor hecho y derecho”, concluyó el actor Ignacio López Tarso.
