
Perseguido por sus obsesiones, “no me dejan ir”, y consciente de que ya no es el “niño terrible”, sino el “viejo terrible” de la literatura española, Ray Loriga (1967) entró en el “terreno resbaladizo que es la memoria” para dar vida a su nueva novela, Sábado, domingo (Alfaguara).
Un adolescente relata un suceso escabroso del verano anterior, y 25 años después, ese joven, hoy un hombre con malas decisiones a cuestas, acompaña a su hija a una fiesta y se ve obligado a enfrentar ese pasado. Es una historia sobre la culpa, las deudas y la huida.
Habla de cómo uno no es su propio narrador; cuando pasa el tiempo, hay dos que narran, mañana habrá tres o cuatro. Nosotros no vivimos tanto como las rocas; en la vida de una persona no es fácil saber cuándo se producen los cambios”, afirma.
En rueda de prensa, el también guionista y cineasta admitió que la memoria es uno de los temas constantes en su obra. “Uno cree que va siendo lo que recuerda, pero los recuerdos van cambiando; uno reflexiona sobre ellos, vuelve la vista y, lo que pensaba uno que era una impresión marcada a fuego, va cambiando”.
Antes de la presentación de su novela en la 22 Feria Internacional del Libro Coahuila 2019, que se inauguró ayer con la presencia de la secretaria de Gobernación Olga Sánchez Cordero, Loriga señaló que la memoria es inherente al acto de narrar.
Uno narra lo que piensa que ha sido cierto; o, aunque sea inventado, uno tiende a darle formulación de realidad o te vas preguntando qué es lo que convierte algo en real o en sucedido o contado. No hay control sobre tus recuerdos ni emociones. Eso me fascina e interesa como escritor”, indica.
Descarta que la alusión a los recuerdos oscuros de sábado, domingo tenga que ver con su peripecia vital. “Pero hay momentos, incluida la infancia, en los que uno tiene la sensación de no haber estado a la altura ética que se nos exige. Eso es lo más memorable del error o la condena del ser. Cuando uno piensa que pudo haber sido más valiente en una situación y no lo fue por comodidad, miedo o vergüenza; al final no somos héroes”.
Dice que al protagonista, más que como un cobarde, lo ve como un disidente que difiere de las metas de los demás. “Siempre he pensado que, en un ejército que avanza, el héroe más grande es el desertor, el que se niega a la razón del grupo, el que asume el riesgo personal. Mi personaje es de ese tipo: no comparte metas ni glorias ajenas. Pretende una vida al margen”.
Confiesa que, al pensar en la culpa que no se expresa, asume que no se cae bien él mismo, por eso siempre cuestiona su actitud. “Me pregunto si estuve a la altura, no tanto en lo literario como en lo meramente humano. Esa percepción de imperfección constante, el hecho de que uno se defraudó a sí mismo, da mucho material para escribir. Ésa es la rémora oscura que persigue al personaje y con la que puedo sentirme conectado”.
El autor de Lo peor de todo aclara que no creó a los dos narradores en su novela para revisar los momentos de su trayectoria ni para releerse, sino porque realmente los necesitaba. “Me daba cierto miedo de ponerme los pantalones cortos y sentirme como el Chavo del Ocho, haciendo un poco el ridículo, y que me quedaran un poco apretados y mal. Pero me fluyó bien. Ha cambiado la perspectiva. Al final es el escritor que es, en dos momentos de su trayectoria”, añade.
EVOLUCIÓN
Tras esta reflexión sobre su obra, Loriga explica que no se siente un escritor consolidado. “No me agrada la palabra madurez, me suena fatal, porque lo siguiente es podrirse. Me gusta más la palabra evolución. Es inevitable darse cuenta de que han pasado muchos años. Pero me gustaría sorprenderme aún. Y sorprender a los lectores, aunque no como alguien que sale de un armario. Se trata más de crearme motivaciones distintas”.
El autor concibe a la ficción como refugio. “Como salvaguarda personal, porque yo no hago literatura de autoayuda ni para exorcizar algo de mí, ni como terapia. Pero no puedo desligarla de mi vida, tras 52 años. Es lo que hace que todo sea funcional. En cualquier situación estoy pensando qué me serviría para una novela. Y eso te da una distancia. Te permite ser como una hiena, que de cualquier desgracia puedes sacar carroña útil para construir una historia”.
Sin embargo, confiesa que le atemoriza el olvido. “Como a todos, imagino casos de demencia senil, es terrorífico. La memoria es nuestra cajita de herramientas, es todo lo que tenemos como escritores; si se pierde, es como irse quedando sin las llaves, las tuercas, sin nada para ejercer tu oficio. El olvido es una amenaza presente”.
Finalmente, respecto al título, aclara que “el sábado siempre está lleno de expectativas, es la adolescencia, la juventud; el domingo es la perfección, el darse cuenta de que existe una relación causa-efecto inevitable; además, está esa tristeza inherente de los domingos, porque cada hora juega en tu contra, el lunes llegará otra vez la responsabilidad”.
También se presentó ayer el libro El tiempo y sus mastines, de Vicente Quirarte. Así transcurrió el primer día del encuentro librero que, con Japón y Sinaloa como invitados, se lleva a cabo en el Campus Arteaga de la Universidad Autónoma de Coahuila hasta el 19 de mayo.
