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Era de sospecharse, el Dumbo de Tim Burton no iba a volar con genialidad macabra. Disney no lo permitiría. Sin embargo, lo realmente sorprendente en el nuevo largometraje del creador de filmes como Beetlejuice (1988) y El joven manos de tijeras (1990) es su incapacidad narrativa para sostener una trama dramática. ¡Por Dios, parece que no fue Burton quien dirigió ese homenaje a la vida que fue El gran pez!
La historia misma ha dejado claro que la casa de Mickey Mouse no está dispuesta a tomar grandes riesgos, son tan definidos y rígidos los márgenes de moralidad, que ya era raro que Burton cediera a probar suerte en retomar una historia como la de Dumbo, cuya trama ya era adorable y sin pretensiones.
En la búsqueda por llevar al live action los clásicos de Disney para crear un universo fílmico como el de los cómics, la productora no ha terminado de comprender que la verdadera magia de sus filmes radicaba en la fantasía, en la manera en que la música se volvía un neurotransmisor de emociones y por décadas Disney fue el maestro de los sentimientos adorables. Las versiones live action son mucho más manipuladoras y frívolas.
En el caso del Dumbo de Burton tenemos una historia en la que los personajes humanos tratan de sustituir a las maravillosas hazañas de los animales animados, que se convirtieron en algunas de las mejores escenas del filme animado (gracias a la música, que ahora está olvidada, otro gran lío si se considera que participó el gran Danny Elfman). De hecho, era a través de la fábula, que el primer Dumbo funcionaba para reflexionar sobre el valor de la familia y el ser diferente de una forma entrañable.
Esta vez Burton se desprende por completo de esa icónica para proponernos una que sólo brille por la envoltura: por su diseño de arte y sus efectos especiales; nos da una película sin corazón que habla de la ternura.
Holt Farrier (Colin Farrell) cuenta con la ayuda de sus hijos Milly (Nico Parker) y Joe (Finley Hobbins) para cuidar a un elefante recién nacido cuyas orejas gigantes le hacen ser el hazmerreír en un Circo que no pasa por su mejor momento. Max Medici (Danny DeVito), dueño del circo, se decepciona al saber sobre las enormes orejas del pequeño paquidermo hasta que descubre que es capaz de volar, llevando al circo de regreso a la prosperidad.
Es así que los intereses de Burton se trasladan más hacia una reflexión ingenua sobre las ambiciones, que a reflexionar sobre el ser diferente. O lo intenta sin mucho esfuerzo, pues aunque los momentos más “emocionantes” están motivados por el valioso don de un elefante que vuela, al final hay una sensación de vacío de motivaciones de los personajes. Ninguno de los actores, salvo el gran Danny DeVito, logra transmitir un poco de sinceridad. No recuerdo a actores infantiles más escuetos en una película de Disney, que Milly y Joy.
Finalmente, hay que decirlo, Dumbo es el filme más decepcionante en la carrera de Tim Burton. Incluso más que su versión de El planeta de los simios (2001). Dumbo es un filme desangelado, es superficial. Ha dejado de lado la fascinante historia de un milagro, para intentar apantallarnos con su estética, pero se le olvida que el estilo no lo es todo. Ahorren su dinero o mejor compren el DVD del Dumbo de Ben Sharpsteen.
