INICIO Policiaca XalapaRegionalViral Audios Deportes Cultura InformanetTV Negocios Sociales Criterios
Una ida de pinta al billar, llevó a Mario Lavista a ser compositor
El compositor comparte su historia de vida, desde su inicio en el estudio de la música a los ocho años, hasta sus últimos logros e inquietudes
Ciudad de México: Foto / Crónica
Crónica
Ciudad de México / 2019-02-18

Irse de pinta a un billar representó para Mario Lavista Camacho no sólo el placer de jugar carambola de tres bandas, sino el lugar donde encontraría el apoyo para concretizar su mayor pasión: ser un músico profesional.

Ese día, cuando estaba por lanzar el taco y proyectar el tiro que había calculado, su tío Memo, entró al billar. Contrario al regaño que Lavista esperaba, su pariente lo invitó a su casa, donde le preguntó si en verdad quería ser músico. Luego de la respuesta positiva de Lavista, pero sabiendo que la mamá de él le había dicho que moriría de hambre con esa profesión, Memo le dijo: “Si lo quieres, manda al demonio todo y si tienes algún problema, ven a vivir a conmigo”. Antes de esto, Mario Lavista enfrentaría el ser rechazado en el Conservatorio Nacional de Música.

La azarosa conjunción entre Memo y el billar permitieron que Mario Lavista sea hoy uno de los grandes compositores mexicanos, así como maestro de generaciones de músicos de gran relevancia.

Su amplio corpus musical transita por la música de cámara, de concierto, sinfónica, electrónica y ópera. En 1987 fue nombrado miembro de la Academia de las Artes, y recibió una beca Guggenheim por la ópera Aura. También ha sido merecedor del Premio Nacional de Ciencias y Artes (1991) y la Medalla Mozart (1991). Es creador emérito por el Sistema Nacional de Creadores del Fondo para la Cultura y las Artes (1993) y, desde 1998, es integrante de El Colegio Nacional. Asimismo, es maestro del Conservatorio Nacional de Música y director de la revista Pauta. Cuadernos de Teoría y Crítica Musical.

Mario Lavista tiene 76 años de edad y 68 los ha dedicado a la música, su pasión. Nació en la Ciudad de México el 3 de abril de 1943. Tiene una hermana gemela, María Luisa, y su infancia la vivió con sus abuelos maternos: Guillermo y María Luisa; su madre y dos hermanos de ella. Uno de ellos fue torero, Guillermo Camacho, de ahí viene su afición por la fiesta brava. El otro hermano, el menor, Ramón Camacho, era ingeniero azucarero, e incluso en la adolescencia, Mario Lavista pensó seriamente en tener esa especialidad: “En verano acompañaba a mi tío a Veracruz para ir a la fábrica. […] Siempre me han gustado las fábricas porque me parecen animales maravillosos por eso entré a la Vocacional 2 del IPN, para estudiar ingeniería, pero rápidamente supe que no era mi vocación. Era un gusto, pero mi pasión verdadera era la música”.

— ¿Dónde fueron sus estudios básicos?

— La familia vivía en la calle de Gabriel Mancera, en la colonia del Valle, y el colegio estaba relativamente cerca, en la calle de Tlaxcala, de la colonia Roma. Era una escuela primaria llamada María Montessori, pero no tenía ese famoso sistema, sólo tenía el nombre de la gran pedagoga italiana del siglo XIX.

Ha sido la única escuela que me ha gustado y en la que fui muy feliz. Adelina Benítez, quien aún vive, daba ahí la clase de música y fue quien me inició en el estudio del piano a los ocho años, cuando cursaba el tercer año de primaria.

Supe enseguida que la música era un lenguaje que entendía perfectamente y que me fascinaba. Hoy, como adulto, lo reflexiono así: me deslumbró la idea de que los sonidos pudieran ser anotados en una partitura. Adelina me enseñó lo que era un clave de sol, una clave de fa, qué eran la notas, cómo se llamaban, qué valores tenían, etc. Ella puso mis manos en un piano por primera vez y con ella estudié hasta los 15 años.

Mario Lavista hace una digresión y evoca su emoción por la fiesta brava. Para él, tiene mucha relación con la música, porque depende fundamentalmente del ritmo y de la velocidad que le da el torero. “Los grandes maestros saben manejar perfectamente el tiempo y la velocidad”.

— ¿Además de los toros, le gusta o practica algún otro deporte?

— Practiqué mucho el beisbol. Vivía muy cerca del Parque Delta. Recuerdo que los miércoles y domingos la entrada era gratis para los niños. Con la pandilla de la colonia asistía a los juegos. Es un deporte que me sigue encantando porque es discontinuo, a diferencia del futbol. Otro aspecto que me seduce del beisbol es que entre menos cosas suceden, el partido es mejor: cuando hay cero carreras, cero hits y cero errores. Si nada pasa, el juego es una maravilla. Eso me parece formidable.

— ¿Cuáles son sus equipos favoritos?

— En México soy fan de los Tigres; de EU, los Yanquis de la Liga Americana, y de la Nacional, los Dodgers, indudablemente por la influencia del Toro Valenzuela, a quien, afortunadamente, vi jugar. Ese partido se realizó cuando daba clases en la Escuela de Música de San Diego.

— ¿Sus lecturas de niño y adolescente?

— Mi abuelo y mi madre eran grandes lectores. Además, tenía tíos abuelos, hermanos de mi abuela, gente de una enorme cultura que nos regalaban a María Luisa y a mí muchos libros. Esto nos creó el gusto por la lectura. Y mi abuelo tenía una biblioteca donde todas las noches lo veía leer. Eran los principios de los años 50 del siglo pasado y él estaba muy obsesionado por la Segunda Guerra Mundial. Sabía todo sobre el tema.

Pero mis tíos abuelos también eran aficionados a la música. Cada semana o quince días, nos visitaban para oír ópera. Recuerdo perfectamente cómo se sentaban, guardaban silencio para escuchar alguna obra de Verdi o Puccini. Y mi madre, que también es aficionada a la ópera, nos llevaba a mi hermana y a mí a Bellas Artes a las funciones de ópera o a escuchar conciertos de música clásica.

— ¿A qué cantantes escuchó?

— En esa época, cuando era niño, venían los grandes del canto desde Europa: María Callas, Guisseppe Di Stefano… Algo especial era que, antes de ir a la función de ópera, mi madre o abuelo nos explicaban cuál era el argumento de lo que escucharíamos y veríamos.

— ¿A los 17 años, cuando está en la Vocacional 2, cómo vive el dejar la ingeniería y dedicarse a la música?

— Seguía estudiando música, pero ya estaba en la Vocacional, aunque no me vislumbraba como ingeniero en una fábrica; no obstante había materias que me gustaban mucho, como matemáticas y física, aunque le daba más importancia al estudio del piano. Entonces decidí dejar la Voca para dedicarme por completo a la música. ¡Ahí comenzó una serie de problemas!:

— Primero, una oposición familiar, que era un poco absurda, dado que en la parentela había amor a la música. Mi madre me dijo: ‘te vas a morir de hambre, no hay que estudiar eso’. Nunca entendí por qué estudiar música era morir de hambre, porque nunca he muerto de hambre, afortunadamente.

— Otra desilusión fue que deseaba entrar al Conservatorio Nacional para estudiar de manera profesional. Tuve una entrevista con el director y no me aceptó, porque tenía 17 años. Su argumento fue que ya era muy grande. Le comenté que desde los ocho años estudiaba, pero de nada sirvió. Fue un día muy triste en mi vida.

— Entonces una amiga, Rosa, me dijo: ‘No te preocupes. Te voy a presentar a Carlos [Chávez], es amigo de toda la vida […], cuéntale tu problema’.

— Una semana después, fui con Rosa a ver al maestro Chávez. A diferencia del director del Conservatorio, el maestro Chávez me escuchó tocar el piano. Fue muy amable y me dijo que no me preocupara, que lo que debía hacer era estudiar las materias que todo músico debe dominar profundamente: armonía, contrapunto y análisis, Así, me recomendó algunos maestros para clases privadas.

— Seguí sus instrucciones al pie de la letra y de vez en cuando iba a su casa, porque me daba clase de piano. Al cabo de tres años, con un ritmo de trabajo brutal, acabé esas materias y pedí hacer un examen al Taller de Composición que había fundado Chávez en los años 60 del siglo pasado. Ahí estudió Eduardo Mata. Me hicieron el examen de admisión, lo aprobé y entré al taller en 1963.

— Fueron cuatro años en las mejores condiciones que se puedan imaginar. Además, había una beca que Chávez conseguía para todos sus alumnos.

— El ritmo de trabajo con Chávez era enloquecido. Estudiaba en el taller de 10:00 a 14:00 horas y de 16:00 a 20:00 horas, incluyendo fines de semana.

— Los viernes, Chávez nos ordenaba: “Para el lunes tráiganme una sonata para piano de 300 compases”. Ese ritmo enloquecido de trabajo lo agradezco mucho ahora.

— El Taller de Composición consistía básicamente en analizar a los grandes músicos de Occidente (de Bach a Debussy) y componer obras o ejercicios siguiendo el estilo de cada uno de estos compositores.

— En ese tiempo compuse una sonata mozartiana, un cuarteto de cuerdas como Beethoven, una sinfonía brahmsiana, un poema sinfónico como Strauss. Eran ejercicios que te permitían conocer profundamente al compositor en turno y además adquirir el oficio de escritura del compositor. Unos años maravillosos.

— ¿Cómo fue su relación con Eduardo Mata?

— Desde que lo conocí en el taller, estoy convencido que ha sido uno de los grandes talentos mexicanos. Estudiaba composición y desde entonces formaba grupos de cámara para dirigirlos. Realmente quería ser director y al tiempo dejó la composición para dedicarse plenamente a dirigir. Es probablemente el más grande director de orquesta de México.

El ritmo es parte de la vida de Mario, pero estuvo a punto de perderlo cuando le dijeron en su casa que no estudiara música. En ese tiempo tendría unos 17 años, la edad en que fue rechazado para ingresar al Conservatorio. Su mamá le dijo que se iba a morir de hambre si estudiaba música, pero el apoyo salvador vendría de uno de sus tíos.

Memo, hermano de su madre, descubrió a Mario Lavista jugando en un billar, pasatiempo que le gustaba desde la secundaria. Se iba de pinta para jugar carambola de tres bandas. Cuando su tío lo encontró, Mario pensó que lo haría pedazos, pero no fue así. Memo lo invitó a su casa para hablar del enojo que sentían los padres de Mario:

— ¿De verdad quieres ser músico?

— Sí.

— Es algo muy difícil. Pero si eso quieres, lo que debes hacer es mandar al demonio a tu madre y si tienes algún problema, te vienes a vivir conmigo.

— Ese fue un apoyo fundamental, porque a esa edad, uno está desarmado.

— ¿Y después del taller?

— Cuando terminó en 1967, yo tenía 24 años y había pedido un año antes una beca a la embajada de Francia para ir a París con la finalidad de estudiar materias de música contemporánea. Afortunadamente la obtuve y fueron tres años estupendos con cursos inolvidables, como el de la música de Iannis Xenakis. Fue un tiempo extraordinario porque asistí a muchos estrenos de Luciano Berio, de György Ligeti y Karl Heinz Stockhausen, músico del que acudí a sus cursos durante seis meses y viajaba de París a Colonia.

— El retorno a México.

— Cuando regresé a México en 1970 ya había nacido mi hija, Claudia. Por eso comencé a dar clases, no por razones altruistas, sino por necesidad. Era la única entrada fija que podía tener, porque como compositor no se puede vivir. Nunca he vivido de componer y en ese sentido sí tenía razón mi familia.

Entonces hice un examen de oposición. Lo aprobé y comencé a dar cátedra en el Conservatorio. Muy pronto descubrí que uno de mis lugares predilectos es el salón de clases. Disfruto de enseñar y entiendo que es, al igual que la composición, un trabajo creativo e inventivo. Desde entonces doy clases y vivo del sueldo de maestro.

He tenido la fortuna de haber apoyado a alumnos brillantes: Javier Álvarez, quien es uno de los grandes compositores mexicanos; Gabriela Ortiz, Armando Luna, quien no es muy conocido y ya murió, pero era un enorme talento. En El Colegio Nacional se ha tocado música de él y próximamente habrá un programa con obra suya. Estos alumnos se han dedicado a la docencia, lo que se traduce en una continuidad en la enseñanza de la composición, porque antes yo fui alumno de Chávez. Por esto considero que sí hay en el país una escuela mexicana de composición.

— ¿Para Mario Lavista qué es la música?

— La música es parte de mi vida. Siempre lo he dicho: soy un muy buen oyente de música. Jorge Luis Borges dijo: “que otros se enorgullezcan de lo que han escrito, yo me enorgullezco de lo que he leído”. Y yo puedo decir: que otros se enorgullezcan de lo que han escrito, yo me enorgullezco de lo que he oído.

— Porque si uno realmente desea conocer a profundidad el alma humana, es necesario acercarse a la música.

— La música es una forma de vida, de conocimiento, de entender el mundo, porque es la depositaria de la memoria del hombre: si uno quiere conocer, por ejemplo, el perfume de la Edad Media, cómo se pensaba, oigamos la polifonía de ese tiempo, el canto gregoriano y toda su música maravillosa.

— ¿Cuál obra que compuso le es más entrañable?

— Es un lamento para flauta baja en la memoria de Raúl Lavista. Fue mi tío y un gran compositor de música. Le tengo un especial cariño porque cada vez que se toca esta pieza Raúl la escucha (los muertos escuchan música, sin lugar a dudas.) A partir de esta obra, mi producción se orientó a la música religiosa y continúo con este interés.

Ahora que lo pienso, ya tengo muchas obras compuestas, obras que el tiempo se encargará de limpiar.

Al Instante
Expondrá IVEC obras de Diego Rivera en Madrid, España; estarán integradas por 20 pinturas del artista. Serán presentadas el próximo 2 de octubre y permanecerán hasta febrero de 2020.
El IVEC invita a la charla “El mercado del arte en Xalapa”, que se llevará a cabo el miércoles 18 de septiembre, a las 6 de la tarde, en la Galería de Arte Contemporáneo de Xalapa.
Este miércoles, a las 9:30 de la mañana, el Inecol dará conferencia de prensa en La Parroquia de Enríquez.
Se presentará la Ruta por Veracruz de la Carrera Panamericana 2019, que se llevará a cabo del 10 al 17 de Octubre. A efectuarse este miércoles 11 de septiembre, a las 9:30 horas, en el Salón 3 del Hotel Camino Real de Boca del Río.
En la Secretaría de Educación de Veracruz se hará la Firma de convenio de colaboración con CONANP este miércoles 11 de septiembre, a las 12:00 horas.
Lo Último
Trending Topics



2019 © Informanet