![]() |
|

El arte de las comunidades indígenas tendrá un mayor impulso durante este sexenio, al menos así lo demostraron el presidente Andrés Manuel López Obrador, al recibir el bastón de mando el pasado 1 de diciembre, y Alejandra Frausto Guerrero cuando asumió la dirección de la Secretaría de Cultura federal al prometer un proyecto de cultura con los pueblos originarios a partir de su riqueza.
A estos simbolismos y palabras se suma la adscripción del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart) a la Secretaria de Cultura —antes dependiente de la Secretaría de Desarrollo Social— y la iniciativa de Ley de Salvaguardia de los Conocimientos, Cultura e Identidad de los Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanos que se analiza en el Senado.
Por ello, Crónica planteó la pregunta ¿cómo impulsar a los artesanos indígenas? Presentamos la opinión de Margarita de Orellana, editora de la revista Artes de México y de Antonio Machuca Ramírez, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Además, este diario visitó el Mercado de Artesanías y Curiosidades de San Juan, ubicado en la Ciudad de México.
NUEVA LEY. El pasado mes de noviembre los senadores Susana Harp y Ricardo Monreal, del grupo parlamentario de Morena, presentaron la Ley de Salvaguardia de los Conocimientos, Cultura e Identidad de los Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanos que contiene 31 artículos divididos en ocho capítulos.
El objetivo de la iniciativa —que ya es analizada por las comisiones unidas de cultura, asuntos indígenas y de estudios legislativos—, es evitar la apropiación indebida y explotación comercial no autorizada de los bienes inmateriales de los pueblos indígenas y afromexicanos tales como la música, artesanías, rituales, símbolos, técnicas de producción y conocimientos sobre la biodiversidad.
La propuesta de ley indica que la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) son las instancias que harán valer los artículos plasmados; además de que se establece la obtención de licencia para usar una obra indígena y plantea la creación de la Dirección de Inventario Nacional del Patrimonio Cultural Inmaterial Indígena y Afromexicano.
“Está muy bien planteada la ley a nivel de argumentación inicial y exposición de motivos, pero noto que se preocupan demasiado por legalizar procedimientos mediante los cuales se pudiese comercializar los conocimientos tradicionales, entre ellos, los relacionados con la producción artesanal”, comenta Antonio Machuca Ramírez, investigador del INAH.
En opinión del experto, faltaría establecer las formas de proteger y fomentar la producción en condiciones que permitan la preservación de las culturas y sus condiciones de autonomía.
“De una manera parcial, siento que eso se ha hecho en algunas regiones de Guerrero, en Olinalá, por ejemplo, en donde se han organizado cooperativas que están tratando de trabajar marcas colectivas”, señala.
Machuca Ramírez añade que el patrimonio cultural inmaterial también tiene que ver con los conocimientos, por ejemplo, las propiedades de las plantas y la biodiversidad, cuestiones como la artesanía e indumentaria y con otros asuntos como cosmovisiones y tradición oral.
“Nos encontramos una visión que no ha sido zanjada en el plano de la legislación. Por ejemplo, hay un agotamiento de materias primas, por eso es importante la categoría de biocultural, es decir, la retroalimentación en relación con recursos materiales, preservación de la naturaleza relacionada con ámbitos de cultura; ocurre que desaparece la producción de ciertos bienes y no se sabe el porqué”.
El experto precisa que en la Ciudad de México, instituciones como el Fonart deberían vincularse más con las situaciones en que las comunidades producen sus bienes, es decir, que no se impongan condiciones externas y que haya mayor sensibilidad.
“Pudiese reglamentar de qué manera van a proceder los organismos gubernamentales en la salvaguarda cultural material y artesanal, porque la salvaguarda tiene que ver con medidas para asegurar que los productores tengan control sobre su producción y sus condiciones de creatividad. Hay que tener iniciativas políticas más audaces que las que ahora tenemos”, indica.
EN ESPERA DE RECONSTRUCCIÓN. “Hay muchos locales vacíos porque desde hace más de un mes nos dijeron que iban a remodelar el mercado”, “estamos afuera vendiendo y damos más baratas las cosas”, “la ventas son muy pocas”, son algunos de los comentarios que hacen los vendedores del Mercado de Artesanías y Curiosidades de San Juan, ubicado en Ayuntamiento 86 en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Crónica recorrió el mercado que data de época prehispánica, según la cédula que se aprecia en la entrada, funciona desde 1562, recibía el nombre de Tianguis de San Juan Moyotlán y durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz se construyeron los 176 locales que hoy se aprecian, en su mayoría cerrados porque el inmueble resultó afectado por el sismo del pasado 19 de septiembre de 2017.
“Hay unos locales abiertos adentro del mercado y no se salen por necios, ya nos dijeron que en enero deben estar afuera todos. Con el sismo se dañó una columna y es peligroso estar ahí. Pero los compañeros no se salen porque no quieren que sus cosas se dañen. Lo que hacemos es vender más barato aquí afuera para que no se nos quede la mercancía”, comenta una vendedora que opta por el anonimato y que al igual que otros 20 locatarios, está instalada en un parque, a un costado del mercado.
¿Usted hace alguno de los productos que vende?, se le pregunta. “No, sólo lo vendemos; contactamos a los artesanos, por ejemplo, el papel amate y los aretes de chaquira nos los traen de Guerrero. Por cierto, tengo un nacimiento huichol, hecho con la chaquira más finita y chiquita que voy a sacar”, responde.
¿Cómo está la venta aquí afuera?, se le inquiere. “Mejor que adentro del mercado. Hace como 30 años no nos dábamos abasto, se nos juntaba la gente, yo salía de la escuela y corría a ayudarle a mi hermana porque teníamos un chorro de gente y ahora ya no, tenemos tiempos muertos”, platica.
Jorge es uno de los vendedores que permanece adentro del mercado. “Están muy tristes las ventas, hay muchos compañeros afuera porque se supone que van a arreglar el mercado, pero no nos dicen cuándo”, comenta.
El señor que vende diferente indumentaria recuerda que desde 1970 se ha dedicado a la venta artesanal. “Antes estaba mi familia en Arcos de Belén, ahí duraron como 10 años, después nos pasaron acá a San Juan. Pero este mercado existe desde los tlatelolcas y era uno muy grande porque estaban unidos el mercado de las carnes y de las flores”.
OFICIOS GENERACIONALES. “Afortunadamente las artesanías se han puesto de moda, entonces encontrarás el impulso a los artesanos en muchas plazas y ferias pero sobre todo en el Museo Nacional de Culturas Populares y en mercados”, comenta la editora Margarita de Orellana.
La también historiadora que desde hace 30 años inició junto con el escritor Alberto Ruy Sánchez la edición de Artes de México, una revista para difundir la cultura del país, en especial, el arte popular, opina que aunque hay muchos lugares donde los artesanos ofrecen sus productos, hace falta descentralizar esa venta.
“Lo que no se ha hecho es acercarse a las comunidades directamente y creo que es algo que ahora se busca, que el Fonart amplié su rango de acción, en lugar de que los artesanos vengan a la ciudad constantemente a intentar vender sus productos, que haya gente que pueda ir a los lugares más apartados a buscar sus artesanías, a tratar de ver si les pueden dar precios competitivos o justos y comprarles directamente”. Aunque eso, añade, es algo difícil de hacer por las distancias y la violencia en ciertas entidades.
Otro punto que destaca Margarita de Orellana es que los artesanos enseñen los oficios a sus hijos. “Hay que impulsar a los artesanos a que les enseñen a sus hijos porque a quienes les va muy bien, meten a sus hijos a estudiar de abogados o doctores, lo cual no está mal, pero que no se olviden que hay un oficio generacional, que también lo practiquen independientemente de que puedan estudiar lo que quieran. Ha predominado la idea de ¿para qué enseñarles si les va a ir mal?”, indica.
Cuando Artes de México inició, Margartia de Orellana y Ruy Sánchez notaron un vacío sobre la difusión del arte popular. “Empezamos a investigar con una idea menos académica, con la idea de que los artesanos pudieran hablar, que los pudiéramos escuchar y eso transmitirlo a través de páginas para que un público se interesara en lo que significa y cuál es su importancia”.
La editora recuerda su experiencia en Metepec, Estado de México: “al principio nos decían que les quitábamos el tiempo y cuando les entregamos la revista en 1994, en plena crisis y devaluación, se asombraron de cómo del norte del país, donde no había la situación de violencia de ahora, empezaron a pedirles piezas que venían en la revista”.
—¿Que el arte popular esté en museos?
—Es importante crear museos de arte popular bien hechos, que tengan por detrás un trabajo de museografía didáctico para que la gente pueda ver las piezas y aprenda de ellas y no necesariamente en los espacios donde hay arte contemporáneo.
“En los años 30 tanto el Dr. Atl como Roberto Montenegro hicieron justo eso: exposiciones de arte popular, proyectos que en los años 40 quedaron en el olvido. También ha habido muchos intentos exitosos como el Museo Textil de Oaxaca, y ciertos museos regionales. Los mexicanos vamos a aprender mucho de quiénes somos si realmente apreciamos y entendemos el arte popular”, responde.
