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Tiempo después de que la primera bailarina Laura Morelos renunció a seguir al frente de la conflictiva Compañía Nacional de Danza del INBA (CND), recibí una invitación de dos funcionarios de esa institución para charlar sobre la principal agrupación de ballet del país.
"Me propusieron formar parte del consejo que elegiría, por medio de un proyecto, al nuevo titular que tendría como objetivo enderezar el Titanic del ballet y sacarlo a flote. La convocatoria venía con sus “asegunes” y había tenido respuesta de unos cuantos temerarios que desconocían las luchas internas de la CND.
"Me pareció absurdo. ¿A quién se le ocurre tratar de cerrar un cráter con un dedo? A mi entender, más que buscar una solución, se trataba de parar la ola de periodicazos que son y serán siempre el mayor temor de los funcionarios públicos.
"Como contrapropuesta, dije que era necesario un diagnóstico real sobre la CND, incluyendo las arremetidas de un sindicato amañado, la abulia de ciertos bailarines poco interesados en bailar, pero gustosos de cobrar, y que se vanagloriaban de haber “tumbado” al menos a tres directores; y para rematar, maestros y ensayadores desmotivados. Muchos problemas, muchas aristas.
"Mi idea, me dijeron, era fenomenal. Hablamos de indicadores de diagnóstico. Nos entusiasmamos, hablamos un largo rato y se propuso el reunirnos al poco tiempo. Me agradecieron… Y así hasta hoy. Al poco tiempo un consejo revisó los proyectos y se decidió que Mario Galizzi era la persona ideal para semejante reto.
Envalentonado, el creador llegó a México con ínfulas de redentor y dijo a la prensa que “él no presentaría versiones mutiladas de ningún ballet”, ni apoyaría la realización de “cuentitos”. Afirmó que traería obras de Jiri Kylian y de Angelin Preljocaj. Y lo mejor: subrayó que a él no le interesaban cuántas pirouettes hicieran los bailarines, sino que las hicieran con arte y corazón.
Se tomó la medida de cancelar El lago de los cisnes en el Bosque de Chapultepec, evento que convocaba a 50 mil personas por temporada y que era una de las óptimas formas de crear nuevos públicos. A cambio, el argentino prometió crear una versión inolvidable para el Palacio de Bellas Artes, la cual, sobra decir, estaba mutilada y tenía una de las peores pistas sonoras que se hayan escuchado.
Los malos pasos del director se dirigieron aún más hacia el precipicio debido a sus constantes ausencias que alcanzaban hasta cuatro semanas, además de que tomaba vacaciones siguiendo el calendario de los bailarines y no el administrativo.
Tuvo la suerte de heredar Manon, joya coreográfica negociada por Laura Morelos para la CND, pero, al no respetar los elencos establecidos por la viuda de su autor,
Kenneth MacMillan, e imponer a su hija en el rol principal, el permiso para presentar de nuevo la obra quedó en el aire.
