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Aviones rusos bombardearon ayer varios puntos de la provincia de Idleb, fronteriza con Turquía y último reducto de la oposición al régimen de Bashar al Asad, por lo que, de ganar esta última batalla (con la ayuda de Rusia e Irán), podría declararse ganador de una guerra que estalló hace casi ocho años.
El bombardeo de ayer en zonas rurales, que dejó un saldo de al menos cuatro civiles muertos, fue un claro mensaje de desafío del ruso Vladimir Putin a su “amigo”, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien el lunes le pidió que frenase cualquier intervención bélica en esa provincia del norte de Siria, para no cometer un “grave error humanitario”.
“Los rusos y los iraníes estarían cometiendo un grave error humanitario participando en esta potencial tragedia humanitaria. Cientos de miles de persones podrían ser asesinadas. ¡No dejen que pase!”, dijo Trump en Twitter.
“Responderemos”. Tras los bombardeos de ayer, que podrían anticipar una gran ofensiva conjunta entre Damasco, Moscú y Teherán, cuyos mandos militares se reúnen el jueves en Irán, el secretario de Estado de EU, Mike Pompeo, y su homólogo turco, Mevlüt Çavusoglu, coincidieron en que la batalla sobre Idleb sería “inaceptable” y supondría “una escalada inaceptable e imprudente” en el conflicto en el país árabe.
En paralelo, la Casa Blanca advirtió que si Al Asad vuelve a usar armas químicas, el Pentágono y sus aliados “responderán de una manera rápida y adecuada”. El mes pasado, el enviado especial de la ONU, Staffan de Mistura, dijo que temía el uso de armas químicas en Idleb.
