
El silencio como antesala de la reflexión. En los 120 cartones “silenciosos”, donde la palabra y el alfabeto escrito están ausentes, que integran el nuevo libro de Víctor Solís (1967) titulado Sin decir ni pío, el lector es quien pone los diálogos, imagina y razona.
“Para mí, el cartón de humor tiene dos partes: lo que hace el dibujante y lo que hace el lector. Dependiendo de quién lo ve, de su experiencia, su bagaje cultural o estado de ánimo, es la rapidez con la que se le encuentra sentido al dibujo”, comenta en entrevista.
El caricaturista afirma que en este su tercer libro de autor quiso proponer un tipo de lectura singular. “Había que seleccionar algo que tuviera unidad, sentido. La experiencia fue interesante para mí, porque tuve que acomodar el tipo de trabajo que se requería.
“De entrada, los cartones te presentan imágenes y color para que te metas en ellos y les encuentres el chiste. Unas veces el detonador está al alcance de la mano, pero otras lo tienes que buscar”, explica.
El artista visual prefiere un lector activo. “Aunque cuando hago los dibujos no pienso en la reflexión que puedan motivar. Yo mismo soy lector. Cuando veo un cartón de humor que es predecible, me lo salto rápido. Es como un cohete cebado, porque no te aporta gran cosa”.
Así, quien trabaja aún “a la antigüita”, es decir, usa tintas, acuarelas, y espera los procesos naturales del secado del papel, reúne en Sin decir ni pío (Lumen) una selección de cartones independientes uno del otro, en cuanto a temática, confeccionados durante los últimos 30 años.
