
La fotógrafa Lola Álvarez Bravo (1903-1993) tenía una pasión secreta: construir fotomurales. Era tan secreta que ella misma nunca habló del tema, ni en las entrevistas que se le hicieron en distintos momentos ni en sus libros; de hecho, se convirtió en la iniciadora del fotomontaje en México, narra el investigador James Oles.
El crítico de arte, que conoció a la artista visual jalisciense hacia el final de su vida y ha estudiado su obra los últimos 20 años, encontró en el archivo de la creadora los originales en tamaño carta de unos 15 fotomontajes.
“Ya se conocía la existencia de estas piezas. Las hacía a partir de recortes de negativos y pedazos de sus propias fotografías; las recortaba y hacía nuevas composiciones. Lo novedoso es que estos fotomontajes tenían otro fin: exhibirse en tamaño monumental en edificios públicos”, detalla.
El también curador aclara a Excélsior en entrevista que, durante los años 50 de la pasada centuria, doña Lola fue contratada por varios arquitectos amigos suyos para hacer fotomurales en inmuebles como el del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), ubicado sobre Paseo de la Reforma, y el de la entonces Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP), sobre avenida Xola.
