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No hay mejor historia para un poeta que morir de amor. El cuento dice que Manuel Acuña (1849-1873), víctima de un tormentoso enamoramiento por Rosario de la Peña, a quien había dedicado su famoso Nocturno a Rosario, ingirió cianuro de potasio para quitarse la vida. “No, no es verdad”, dice la investigadora Leticia Romero Chumacero, quien sostiene que la versión romántica sobre la muerte de Acuña no es más que un mito.
Romero ha seguido una nueva ruta para demostrar su dicho: la existencia en la vida del poeta saltillense de la escritora Laura Méndez de Cuenca (1853-1928), con quien Acuña mantuvo una relación sentimental hasta los últimos días de su vida e incluso, procreó un hijo que acabó muriéndosele a la madre, quien se encontraba en pobreza extrema.
“Lo que yo alcanzo a ver es un proceso de depresión”, dice la investigadora. La situación habría ahorcado al poeta que apenas rondaba los 24 años, que veía cómo se le escapaba la posibilidad de convertirse en médico, lo cual significaba decepcionar a su familia y que había embarazado a su novia de 20 años.
“Lo que históricamente nos han dicho es una suerte de mito romántico: supuestamente, cuando Acuña no es aceptado en términos amorosos por Rosario, decide quitarse la vida. Lo que encontramos al revisar la correspondencia de la época y revisar con nuevos ojos la poesía del propio Acuña y la poesía de Laura Méndez, es que Acuña estaba viviendo una situación difícil”, dice.
Méndez de Cuenca insistió que había mantenido una relación sentimental con el poeta hasta el final de su vida, “ellos siguieron saliendo, tuvieron desencuentros, eso sí, y uno de ellos acaso ocurrió en la etapa en que ella supo que estaba embarazada”. La situación de Acuña, además, sumaba su precaria situación económica. Romero dice que existe una carta, “muy triste”, en que él mismo le dice a su madre que quizás deba regresar a Saltillo sin un solo centavo y sin poder solventar un consultorio médico.
