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Rafael Canogar (Toledo, 1935), quien recibió el premio Best Abstract Painting Art for Phoenix Art Award, de la Academia Nacional China de Pintura y Arte y lo catapultó como un artista clave de la vanguardia de la Segunda Mitad del Siglo XX, dice en entrevista: “Tuve influencias cubistas en mi periodo de formación. Quizás más a través del post-cubismo de Vázquez Díaz, con quien estudié cinco años. Cinco años de formación donde fui descubriendo artistas cada vez más contemporáneos. Picasso fue una referencia muy importante, que me permitió entender otras propuestas más nuevas, más cercanas a las inquietudes de un joven artista como era yo. Dejé las clases de mi maestro, después de cinco años, porque había descubierto la abstracción y, desde ese momento, para enfrentarme a mi propio camino”.
— Después de la fundación del grupo El Paso, en los 60, empezó su obra de denuncia social, ¿qué relación tuvo con el franquismo?
— En el ámbito internacional fueron muchos los artistas abstractos, informalistas como yo que sintieron la necesidad de un cambio. La estética que nos había parecido la absoluta libertad terminó pareciéndonos insuficiente para comunicar y expresar la tensión de la realidad, de la nueva conciencia social y política que despertaba en el mundo. Necesité, la configuración de una nueva iconografía, de lenguajes menos herméticos que la abstracción informalista.
— ¿Esas imágenes que representa en cuadros fueron tomadas de la realidad que se vivía en Europa y en España?
— Sí, desde luego. En esas obras realistas reproduzco imágenes que aparecían en los medios de comunicación y que memorizaban sucesos y hechos de los hombres. La incorporación de nuevos materiales (entonces nuevos) me permitió la tercera dimensión, su proyección en la realidad del espectador —como referencia explícita e ineludible— y establecer esa comunicación tan deseada siempre por un creador. El bulto nació en un intento de reclamar su atención, la del espectador, de despertar su conciencia y como intento de hacer participar a ese espectador distante, de los conflictos humanos. El realismo me dio la posibilidad de canalizar mis búsquedas estéticas, además de un respaldo moral a mis inquietudes socio-políticas. No se trataba de volver a la figuración, se trataba de crear una nueva realidad, testimonio de la lucha por la democracia y los derechos del hombre.
— ¿Considera que el arte tiene que tener algo de política?
— No. El arte y la política no poseen una relación unidireccional, sino que se imbrican en una vinculación de doble vía, a modo de vaivén, que va desde la estética a la política, y desde la política a la estética. Rancière nos invita, con estas palabras, esta vinculación que posee una trama muy densa, casi carnal. El arte no es necesariamente político por sus mensajes del mundo ni por el contenido estructural de sus conflictos, también lo es en la medida en que nos permite distanciarnos de esas funciones narrativas. El arte es potencialmente político, sí; pero no todo arte es político.
— ¿Por qué ser tan radical con la concepción estética de la obra?”
— Utilicé la figura humana y esto, efectivamente, me acercó a un público mayor del que tenía normalmente. Pero, claro, por regla general la gente que se acerca por esa “cercanía” con la realidad está perdiendo el fondo de la obra. Me parece que he evolucionado con mi tiempo, con las nuevas ideas, con nuevas aportaciones, y eso ha enriquecido mi espíritu, y también, por supuesto, me ha dado una respuesta que necesariamente tenía que ser diferente a esos primeros años, que fue cuando yo aprendí a ser un artista de vanguardia.
