
Para comer: albóndigas en chipotle o mole rojo de Xico, poco o nunca Fast Food. Para beber: mezcal y, según el antojo del paladar, tequila. Para bailar: salsa, cumbia y merengue en el California Dancing Club o en el Salón Los Ángeles, jamás The Beatles. Para entretener: el circo de carpa o el cine; de vez en vez televisión. Para disfrutar: sobremesas hechas meriendas con charlas familiares de larga duración. Para alimentar la mente: pláticas mañaneras en cafés de colonia. Para observar: tianguis y mercados de barrio. Para crear: dibujos, gráficas, fotos, collages, videos, performance.
Son algunas coordenadas para entrar al universo de Felipe Ehrenberg (1943-2017). El mundo de quien corrió su vida por geografías diversas e hilos simultáneos. El hilo del hijo, el hermano, el esposo, el padre, el joven viajero, el artista visual, el activista social, el gestor cultural, el maestro, el hombre que en 75 años que quiso aprender de todo igual en México e Inglaterra que en Brasil y Estados Unidos. Quiso comerse al mundo. Y lo hizo a bocanadas.
Sabía y disfrutaba de jardinería, astronomía, poesía, cocina, matemáticas, medicina, carpintería y, evidentemente, artes. Conocimiento que alimentaba su curiosidad infinita por el mundo que habitó. Y pocas veces, o nunca, se negó a aprender lo nuevo. “¿Por qué no?”, lanzaba a cualquier propuesta innovadora. Lo mismo leía sobre la teoría de la evolución de Darwin que sobre el cine mexicano. Repasaba la historia del arte al tiempo que aprendía hacer “memes”. Viajó con la misma pasión en tren hacia Leningrado que caminó en las mañanas por las calles de Moscú o en las del Barrio de Tepito, que hizo su hogar.
Pasó noches enteras bajo el cielo salvadoreño en una ciudad destruida por un sismo y fue testigo de los cientos de mexicanos atentos a la policía migratoria en la frontera entre México y Estados Unidos. Y también vio cómo se descomponían los cuerpos de las víctimas sepultadas por los sismos de 1985 en la Ciudad de México, igual que los de miles de asesinados en el país en la guerra contra el narcotráfico. Todo, con igual inquietud, lo imprimió en su arte irónico, sagaz, divergente.
“Tenía un mundo gigantesco dentro. Una capacidad infinita de conocer el universo”, ataja Lourdes Hernández Fuentes, su esposa por tres décadas. “Su curiosidad era impresionante. Él toda la vida dijo que hizo hasta tercer año de primaria; pero no es cierto, cursó la secundaria en Canadá, en una escuela militar. Tomaba citas de Internet, marcaba libros llenos de referencias; no sé si las marcas son pensamientos suyos o de otra persona, que él tomaba para hacer cosas nuevas”.
Inquieto, coqueto, seductor, platicador, Ehrenberg , quien falleció el 15 de mayo de hace un año, llevó su curiosidad a la profesión de artista que, como en su vida, extendió a otras tareas, como la de editor, ensayista, profesor y activista. Un neólogo, como Fernando del Paso lo describió para enfatizar la experimentación en su trabajo, en su vida. Esa que hizo un performance continuo: “Felipe fue un actor extremo. El mundo era su escenario”, recuerda Hernández Fuentes.
Reconocido a nivel internacional por su labor pionera en la investigación de medios visuales innovadores, como mail art, media art, performance e instalaciones, es fundamental su trabajo precursor en los libros de artista, como creador y cofundador de la imprenta Beau Geste Press en Inglaterra. Participó en la fundación del grupo Poligonal Workshop; en 1973 presentó Chicles, chocolates, cacahuates, en la Galería José María Velasco, una de las primeras exposiciones conceptuales; y, un año después, fue galardonado con el Perpetua Prize por el diseño e ilustración de Opal Nation´s. The Man Who Entered Pictures, en 1974.
Artista conceptual que caía vencido a la dulzura de los postres. Sus preferidos, los pasteles azucarados que, en los últimos meses de vida, Lourdes le cocinaba en su casa de Ahuatepec, Morelos. “Le gustaba todo, era un tragón. El año pasado, cuando puse la ofrenda de muertos, decidí poner sus platillos favoritos: un pastel y albóndigas al chipotle. Cuando fue a Burdeos, me contaba un amigo francés que lo vio comerse dos docenas de escargots (caracoles) además de ostras.”
“Le encantaba bailar, si no era buen bailarín sí se movía bien. Le gustaba la música tropical que ponían en los salones de baile. Y con él las sobremesas se alargaban”, acota la fotógrafa Lourdes Grobet, quien vivió ocho años con el artista ganador de la beca
Guggenheim 1975.
BUSCADOR DE LENGUAJES
Su colega, amigo y compadre Víctor Muñoz, con quien formó el colectivo Proceso Pentágono, junto con Carlos Fink y José Antonio Hernández Amezcua, describe al neólogo como un buscador de nuevas formas de expresiones. Creador de lenguajes, de abecedarios, que ampliaran su campo creativo. Entonces no es menor decir que su principal característica como artista fue la de establecer medios alternativos para manifestar su pensamiento, su opinión sobre el mundo caótico. Y si bien empezó con la plástica, pronto extendió su experimentación a otros lenguajes.
