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Novelista, poeta, cuentista, traductora, ensayista y maestra de varias generaciones, Aline Pettersson, quien hoy cumple 80 años, charló con Excélsior acerca de su infancia, sus inicios en la literatura, el paso por el Centro Mexicano de Escritores, la relación amistosa que tuvo con diversos creadores y de su obra narrativa y lírica.
“Mi padre era de ascendencia sueca y mi madre de raíces mexicanas. Él estudió ingeniería en Suecia, luego regresó a México para laborar con la compañía Ericcson. Fue entonces que conoció a mi madre, de familia norteña. Esta combinación de culturas, honestamente, no influyó de manera trascendental en mi niñez, la cual fue normal, con sus gustos y vicisitudes. Fui una niña silenciosa y callada, muy lectora desde temprana edad”, asegura Pettersson.
Al cuestionarla sobre las obras que leyó en la infancia, la autora de novelas como Mistificaciones, A la Intemperie y Las muertes de Natalia Bauer, comenta, con humor, que no le gustaba la obra de Verne. “Leí con avidez a Emilio Salgari (Sandokán), Mark Twain (Las aventuras de Tom Sawyer) y Charles Dickens (David Copperfield), pero honestamente la obra narrativa de Julio Verne no la toleraba. A esa edad buscaba libros de aventuras, de bucaneros y piratas, Verne era erudito, sesudo, con muchos datos”.
Escribir no fue la primera vocación de Pettersson, sino la medicina. “Mis padres querían que yo estudiara la carrera de secretaria bilingüe, ya que en esos años no estaba bien visto que una mujer estuviera entrometida en estos asuntos de la medicina, ni en otros realmente. Ante estas imposiciones decidí no estudiar nada. Debo confesar que en ese entonces me sentí cobarde por no tomar la decisión de estudiar lo que a mí me interesaba”, sentencia.
Pettersson ingresó al Centro Mexicano de Escritores como becaria en el periodo 1977-1978. Ahí tuvo como compañero, por ejemplo, al poeta Alberto Blanco. Asimismo, y gracias al apoyo de Juan Rulfo, fue becaria en el Programa Internacional de Escritores de Iowa, en 1984. Ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras como oyente y participó en diferentes seminarios, con autores como Sergio Fernández y Ramón Xirau.
De estas incursiones por diversos círculos literarios, tuvo buenos amigos y maestros. “Recuerdo que en un seminario que tenía con Xirau decidimos hacer una revista, la llamamos Rilma; como proyecto no prosperó, pero las tardes que pasábamos bebiendo, leyendo y pergeñando ideas fueron gratificantes”.
La autora de poemarios como Ya era tarde o Estaciones del tiempo forjó una relación cercana con autores como Salvador Elizondo y Josefina Vicens, quien fue esposa de su tío, José Ferrel. “Recuerdo que mi primer encuentro con ella fue en un café muy cerca de lo que fue Plaza Manacar. Yo estaba muy nerviosa. Creo que ella también. Los primeros minutos fueron tensos, pero poco a poco comenzamos a platicar y todo aconteció de manera natural. Fue el comienzo de mi amistad con Josefina.
“Salvador fue muy generoso conmigo, fue de los primeros en apoyarme. Gracias a él conocí a otros autores como Juan García Ponce y Juan José Arreola. Él fue de los primeros en leer Círculos, que le agradó, a pesar de que no era, ni en el tema ni en estructura, nada cercana a lo que él escribía. Aún guardo la primera edición de Círculos que incluyó una carta-prólogo de Salvador Elizondo”.
Al inquirirla acerca de escritores que más la impactaron, asegura: “Es injusta y parcial mi respuesta, pero disfruté enormemente haber conocido a Doris Lessing”.
