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Raúl Falcó; revive a un demonio galo
El escritor, traductor y músico mexicano trae del francés al español la novela El diablo en el cuerpo, de Raymond Radiguet
Ciudad de México: Foto / Excélsior
Excélsior
Ciudad de México / 2018-02-26

“No hay mejor lectura que una traducción”, dice Raúl Falcó (Ciudad de México, 1951). Él ha traducido al español a autores como Beckett, Ionesco, Bataille, Shakespeare o Pascal Quignard, a quien conoce personalmente. “Entrar a un autor es entrar de alguna manera a la forma de circular entre un extremo y otro”, dice.

En Mexico reconoce como traductor a Tomás Segovia, quien “tiene cosas extraordinarias, muy difíciles de lograr, es un virtuoso”, dice. Pero en general, Falcó piensa que hay una manera errónea de entender la traslación de un texto a otro idioma; para su gusto, los del francés al español están llenos de galicismos y parecieran calcas de una lengua a otra. No, dice, la traducción debe ser casi como la reescritura de un texto y pasar a otro idioma de manera natural, como si el lugar de llegada fuera el de origen.

“El traductor no es un mediador de sentido, de significación, sino que quiere encontrar el alma de un texto, cómo sonaría en nuestra lengua. Es una reescritura, no se trata para nada de traicionar el significado ni mucho menos sino de darle el contexto en otra experiencia lingüística que es la del castellano, en este caso”, considera.

Por encargo de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Falcó ha traducido del francés El diablo en el cuerpo (Le Diable au corps), de Raymond Radiguet (1903-1923), publicado en 1923, en París, por Éditions Grasset. No es la primera vez que este singular volumen aparece en español, de hecho sellos como el español Cátedra tienen una versión muy difundida.

La novedad es que el libro se suma a la colección universitaria Molinos de viento, con el número 171, y aparece en una nueva versión que quiere ser leída como si no mediara distancia lingüística con el original, como si su autor la hubiese escrito desde un principio en español. “Me he esmerado una vez más en que en esta novela, que tiene bastante sutileza en su forma —aunque haya sido un chico de 19 años cuando la escribió— se sintiera algo que no viene de otro lado, aunque los nombres son franceses y las situaciones son en las afueras de París, al final de la Primera Guerra Mundial, suena, espero, en español”, afirma.

La de Radiguet ya es una lectura que atrapa por su naturaleza. Se trata de una de las dos únicas obras que escribió el francés. Y no es que la mente del escritor se haya secado para no escribir más, sino que el autor ha ganado, como pocos, la condición de culto gracias a su destino. Murió a los 20 años de edad de fiebre tifoidea, después de codearse con su gran mentor Jean Cocteau y otros genios galos como André Breton, Max Jacob, Paul Morand, Erik Satie y Francis Poulenc.

Es como “un bicho raro”, dice Falcó. “Un novelista de 20 años suena raro, era un muchacho dotado, podría decirse, anticipado a su edad y muy dotado para las letras y el dibujo que fue detectado por Cocteau, quien lo atrajo a trabajar en algunas publicaciones; de ahí sus artículos y ensayos, y fue él también quien se encargó de publicar esta novela en el año de su muerte, esta novela que causó revuelo por la situación en la que sitúa su acción, en un mundo francés todavía muy influido por el trauma de la Primera Guerra Mundial”.

Pero a diferencia de muchos escritos de la época, El diablo en el cuerpo no habla del conflicto bélico, aunque su contexto es ése. Radiguet se ocupa de otro enfrentamiento: el del amor de dos adolescentes que de pronto se ven sobrepasados por la pasión. Él, de apenas 16 años, maneja con la experiencia de un adulto las maniobras de la seducción y logra retener a Martha, una bella joven burguesa de 19 años, a la que no importa traicionar a su prometido, de ocupación militar.

“Este es un libro de lo que pasa afuera de la guerra, los que están en una vida todavía normal, pero habitada todavía por lo que es la guerra; es una vida de adolescentes culpables, en la medida de que ella está comprometida con un soldado, se casa y él es un joven menor que ella. Es un bicho raro, por eso es medio diabólico, está por supuesto la sensibilidad de su autor, no sabemos qué tanto de esta novela haya podido ser autobiográfico, el caso es que fue como un golpe: tratar a la guerra de un modo tan displicente como que era el mundo de los adultos; el aburrido mundo de la guerra, el que permitió muchas transas en las escuelas, de los jóvenes que todavía no estaban en edad militar, ese es el mundo que retrata”, explica Falcó.

El protagonista se sabe avanzado con respecto a su edad, es un joven precoz que devora libros, que ya siente orgullo de sus primeras andanzas amorosas, ocurridas en la escuela y utilizando los servicios de un niño menor, al que usa de mandadero. Pero no todo en él es seguridad, la historia de Radiguet también denota cierta ingenuidad, cierta torpeza pueril.

“Es una novela que básicamente nos remite al amor entre adolescentes y la situación a la que se confrontan familiarmente, que obvio es un escándalo; además ella termina casándose con el soldado, entonces se vuelve realmente un trío amoroso. Radiguet tiene un estilo muy fino, escribe con sutileza, es narrador pero al mismo tiempo es pensador, muchas veces mezcla acciones concretas con consideraciones, pensamientos, lo cual es propio de muchos narradores galos, aunque llama la atención en alguien tan joven”.

“Es la introspección de alguien tan joven que tiene la conciencia de no tener la edad para tener aventuras de hombre sin tener la edad de un hombre. Su pensamiento se mueve en todas las cosas que se parecen a esa contradicción. Es su primer amor, está ahí la torpeza, la pasión, la duda hacia la mujer, la vida familiar mezclada, es el mundo burgués francés, de alguna manera provinciano. Son notables, muy acomodados y en medio de eso la violencia del despertar de la vida”, agrega.

Falcó es bilingüe por nacimiento. Su madre, francesa, le hizo aprender primero su idioma. También es músico y escritor (la UAM le publicó sus cuentos y obras de teatro) y en algún momento se desempeñó como funcionario cultural. Fue director de Ópera del INBA. Ahora tiene listas tres novelas y prepara una más, la traducción por el momento puede esperar. De cualquier forma, piensa, traducir es lo mismo: es meterse en ese mundo en movimiento que un autor reconoce en la página.

“¿Qué cosa esa escribir bien?”, pregunta él mismo. “No lo sabría decir, cada escritor tiene su manera, sus fórmulas, pero lo que sí me queda clarísimo es la diferencia entre un buen escritor y un mal escritor, pueden ser muchas cosas: la manera de contar, de usar la lengua, el sentido del humor, la fuerza, depende cuál sea el estilo. Y para traducir, tratándose de literatura, creo que sí es importante que el libro guste”.

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