
La túnica negra del archimandrita Nektariy Haji-Petropoulos cubre su cuerpo entero, y desde luego su pierna derecha. Y no es cualquier pierna. Con ella -la misma con que está por caminar entre fieles para repartir bendiciones en la misa de la Iglesia Ortodoxa Rusa-, de pequeño impactaba la pelota en las calles de Sukhumi, ciudad de la entonces Unión Soviética.
“Tuve muy buena puntería desde niño”, jura el sacerdote, y la imagen de sus viejas dotes goleadoras revienta en una carcajada al silencio del monasterio de la colonia Cuauhtémoc, que ocupa desde hace once años, cuando fundó su movimiento religioso en México.
Hoy le gana la risa. Pero hace medio siglo, en los días de sus cascaritas en la actual Georgia, no. Su padre, cardiólogo, arrestado por el gobierno del mandatario comunista Leonid Brézhnev, les pidió a su mujer y su hijito huir del país: la familia de un preso político no gozaría un futuro luminoso.
Entonces inició una travesía. Madre e hijo viajaron a Irán –ella, mujer persa, quiso volver a sus orígenes-, pero la Revolución Islámica les advirtió que la vida, bajo la amenaza del fuego, podía fundirse con la atroz naturalidad que entraña la guerra.
Escaparon a Turquía, donde el adolescente atestiguó el delirio por el Galatasaray (el “Galata”, precisa). Más que desplegar sus dotes de goleador en las calles de Estambul o volverse fanático del cuadro naranja y rojo, se hacía una pregunta. “¿Qué tiene esa pelota, por qué es tan mágica, como puede atraer, captar la atención y todos los sentidos de millones de personas?”.
