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Influyente, filosófico, mistérico, como un rítmico lamento. Todo se ha achacado a La tierra baldía (The Waste Land, 1922) y también todo lo ha resistido. Una nueva versión al español, preparada por Víctor Manuel Mendiola (Ciudad de México, 1954) e ilustrada por Emiliano Gironella Parra (Ciudad de México, 1972), quiere despojar al célebre poema de T. S. Eliot (EU, 1888) de toda el aura crítica y académica con que se le ha divinizado. A La tierra baldía, dice Mendiola, se le ha leído “como mirando al sol”.
Su versión, editada por El Tucán de Virginia y la empresa Elementia, incluye dos lujosos libros en pasta dura, dentro de una caja. El primero, con los 434 versos íntegros del poema en inglés y la reproducción de los grabados en fibro cemento de Gironella. El segundo es un compendio más grueso, de 206 páginas, con textos del propio Mendiola, Guillermo Fadanelli, Armando González Torres y Edward Hirsch, así como las primeras críticas que esgrimieron Virginia Woolf, Conrad Aiken y el Times Literary Supplement, tras la aparición del poema.
Adicionalmente, en ese mismo volumen ha sido recuperada la que muy probablemente es “la primera o segunda traducción” al español del poema cumbre, realizada en México por Enrique Munguía Jr. y publicada en la revista Contemporáneos en 1930; hay también una nueva versión, preparada especialmente para la edición, por el poeta y ensayista Gabriel Bernal Granados (Ciudad de México, 1973).
Casi todo mundo ve La tierra baldía con una veneración que yo creo que muchas veces impide distanciarse del poema, comprenderlo cabalmente y aceptar cosas y negar otras. Yo creo que la estética de La tierra baldía es una estética, si no agotada, ya con tantos epígonos que es necesario desembarazarla de la repetición de esas lecturas llenas de admiración, pero también llenas de ausencia de sentido crítico”, dice en entrevista el editor y poeta.
La tierra baldía apareció por primera vez en la revista The Criterion, que fundó y dirigió el propio Eliot; aquel primer número fue de apenas 600 ejemplares. “El poema tiene gran belleza y fuerza en la frase: simetría; y tensión”, escribió, por ejemplo, Virginia Woolf. Ezra Pound, mentor de Eliot, acabó por darle forma (no en balde está dedicado a él) y a partir de entonces se sucedieron un sinfín de comentarios, estudios y traducciones que, casi un siglo después, no se han detenido.
En México apenas habrían de pasar ocho años, después de la primera publicación en inglés, para que se conociera una versión traducida al español. Contemporáneos, explica Mendiola, le dedicó casi por completo su número al poema; ahí apareció la versión de Munguía Jr. en forma de prosa. “La traducción permite adentrarse en el poema, es un primer y muy buen paso para comprender un poema que a todos los lectores, desde que apareció, les resultó complejo”.
Para Mendiola, el hecho de que hubieran pasado tan pocos años para que La tierra baldía llamara la atención en México, habla de “la gran inquietud” de la poesía en este territorio. “El primer significado del poema en México es que comenzó a tener una influencia muy grande, inmediatamente se difunde e influye en poetas importantes de la época”. La poesía nacional demuestra que “desde siempre ha sido cosmopolita, universal, sin que eso implique la omisión de nuestra propia realidad, de nuestra propia tradición”, dice Mendiola.
El editor rastrea inevitables vínculos entre el poema de Eliot y otras cumbres nacionales como Piedra de Sol de Octavio Paz, Muerte sin fin de Gorostiza, Declaración de odio de Efraín Huerta y en la obra de José Emilio Pacheco. “La mayor parte de los poetas mexicanos comenzaron a escribir bajo el conocimiento de ese texto y en la segunda mitad del siglo XX la influencia es total, al grado que hay un poeta mexicano muy bueno, José Luis Rivas, que escribió en los 80 el poema Tierra nativa y que, además, traduce prácticamente toda la obra de Eliot”.
